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| Hno. THOMAS HELM, S.M. |
El 8 de junio del año 1919, en la ciudad de St. Louis, Missouri, USA, nació Thomas, último de una familia de cinco niños. Sus padres Elmes y Gieneveve completaban así su familia, logrando su mayor felicidad. Thomas creció y estudió en St. Louis, en el Colegio Chaminade. Muy pronto, empezó a sentir la llamada de Dios para la vida religiosa y lleno de alegría respondió que sí, en 1937 ingresó al Noviciado Marianista de Maryhurst, Kirkwood, donde emitió su Profesión religiosa el 25 de agosto de 1938.
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Desde sus inicios como religioso Thomas manifestó su deseo de venir a las nuevas misiones (marzo de 1939) que los marianistas estaban fundando en el Perú. La respuesta que recibió de sus Superiores fue que vendría a nuestro país cuando acabara sus estudios universitarios. Cuando Thomas terminó la universidad se volvió a acercar a sus Superiores para pedirles nuevamente que quería ser Misionero de María en el Perú, pero la respuesta fue que vendría siempre y cuando hiciera los votos perpetuos como marianista, que era el compromiso para toda la vida… tarea más difícil aún… Años después, un 16 de julio de 1944, el flamante Hermano Thomas hacía sus votos perpetuos como religioso marianista, prometiendo vivir la castidad, la pobreza y la obediencia para toda la vida. Cuando Thomas volvió a acercarse a sus Superiores para manifestarles que había cumplido lo que ellos le habían pedido, ya los superiores no tuvieron más remedio que cumplir su promesa y dar el permiso correspondiente. |
Fue así que el joven Thomas Helm, S.M., llegó al Perú un día 11 de octubre de 1944, en plena Segunda Guerra Mundial, para dirigirse al Colegio Santa María donde empezaría su labor como educador, allí permaneció hasta el año 1951. A fines de ese año viaja a los Estados Unidos donde permanece dos años enseñando en el “Central Catholic High School” de San Antonio, Texas, y en el “St. Joseph’s High School”, Victoria, Texas. En 1953 regresó al Perú, esta vez al Callao para enseñar en el Colegio San Antonio hasta 1965, en los locales del Callao, colegio “chico” y Bellavista, siendo profesor de primaria y secundaria. A fines de 1965 fue a enseñar al Colegio Santa María, pero al cabo de dos años regresó al San Antonio, permaneciendo allí en la docencia activa hasta 1981.
Durante sus años en el San Antonio, el Hno. Tomasito (como todos los llamaban en el Callao) enseñó cursos de inglés, religión, anatomía, biología, zoología y botánica. Desarrolló un amor especial por los animales, perseguía, cuidaba y, a veces, “invitaba a vivir con los hermanos” a cuanto animal se cruzaba en su camino.
Muy pronto la vida del colegio San Antonio se convirtió en la vida del Hno. Tomasito. Él conocía a todos sin excepción, por nombre, apellido, ubicación de carpeta, chapa, etc. Muchas personas cuentan que cuando se encontraban con el Hermano, él se acordaba de todo, de la anécdota graciosa, del compañero de al lado, de las chapas que les ponían, del nombre de su mamá y de su papá, del nombre de sus hermanos, su memoria era impresionante. Por muchos años, el Hermano Tomasito, de figura corpulenta, de rostro tierno, de cabellos blancos, de ojos azules chispeantes… fue el primero en abrir las puertas del colegio y recibir a todo el mundo con un saludo, con una broma, con una sonrisa. Todas las tardes salía hacia la Oficina de correos del Callao “a pata” y se demoraba entre tres o cuatro horas. En el camino se encontraba con un montón de gente y se paraba a charlar, a saludar, a contar chistes.
Entre sus cotidianas caminatas acostumbraba a llevar la comunión a los enfermos a quienes visitaba, consolaba y hacía reír. Asistía a todos los velorios de los padres, exalumnos y algunos alumnos fallecidos. Después de rezar el Rosario con los familiares, les hablaba brevemente de Dios y del cielo. El consuelo de su presencia y de sus palabras se convirtió para muchas familias en una experiencia inolvidable.
Pero su “gran gancho” era con los niños. Tomasito era amado por todos los niños del colegio San Antonio, la primaria no era primaria sin él. Se paraba en la puerta de entrada para darle a todos los buenos días, “una raspadillita” que era una caricia con su cachete izquierdo que se había afeitado y una “inka kola” que era la caricia con su cachete derecho que no se había afeitado, haciendo gritar a todos, pero de alegría. Hacía sentir cariño y aprecio, se daba cuenta cuando un niño estaba en problemas y lo buscaba y conversaba y lo hacía reír y olvidar lo malo que le había pasado. En los recreos y refrigerios había nubes de niños rodeándolo, jugando con él, dando respuestas a las adivinanzas, tratando de agarrar su “ratoncito” que en realidad era su pañuelo. En las Navidades, Tomasito era el Papá Noel de todos, tomándose fotos, cantando villancicos, visitando familias, llevando regalitos a los más pobres… Si una cita bíblica lo identificaba es ésta que está en su lápida en el cementerio: “Dejen que los niños se acerquen a mi”.

En los últimos meses del año 1987, viviendo en la comunidad religiosa del Colegio San Antonio, el Hno. Tomasito cae enfermo y es internado en la clínica Stella Maris. Después de una temporada en que su salud se fue deteriorando, cuando ya todo el colegio había salido de vacaciones y extrañado y rezado por el Papá Noel que estaba enfermo, la noche del 19 de diciembre de 1987, fallece, para dolor de todos los que lo amaban.
Su velorio fue un interminable desfile de alumnos, exalumnos, profesores y familias de todas las Obras Marianistas, pero especialmente del Callao. El día del entierro fue un mar de gentes en el colegio y camino al cementerio, con la banda entonando marchas y el Himno del Colegio que tanto le gustaba. Todos recuerdan que en vez de gritar al final del himno del Colegio “Chin pum Callao”, él decía “Cham pu” y todos se mataban de risa.
Tomasito se fue al cielo, para alegrar a los ángeles y a los santos, para hacer bromas y hacer reír a todos en el paraíso, para estar con la Madre de Dios a quien dedicó toda su vida, para velar por nosotros marianistas, especialmente los del colegio San Antonio, su colegio, su Alma.
Lo primero que surge al recordarlo son aquellas palabras de Jesús “Yo te bendigo, Padre, porque has ocultado estas cosas del Reino a los sabios y poderosos y se las has revelado a la gente sencilla”. Y uno se imagina a Tomasito entreteniendo en el cielo a los elegidos de Dios mostrándoles ratones que aparecen y desaparecen en sus manos y los mil “trucos” con que en su vida entretuvo a los de corazón sencillo. Nos consuela el hecho de que falleció con una sonrisa en los labios, haciendo reír con sus chistes. Pero más aún el hecho de que fue siempre fiel al Señor, entregado a su servicio, por la juventud y la niñez de su querido Callao.
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